Ing. Agr. Héctor Castro | Alto Valle, Río Negro

Ingeniero Agrónomo Héctor Castro
Investigador en fruticultura del INTA Alto Valle, Río Negro

CLASE 60

El trabajo en el INTA era full time, había que estar dispuesto a trabajar las 24 horas. Incluso cuando uno se despertaba en medio de la noche no pensaba en otra cosa más que en el INTA, comenta el Ingeniero Agrónomo Héctor Castro, quien se considera un integrante de la familia del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

El ingeniero sostiene con profunda convicción que el INTA es un organismo que analiza con solidez la realidad, da respuestas a los productores y crea un compromiso que involucra a fondo a sus técnicos.

Castro estudió la carrera de agronomía en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. Fue uno de los estudiantes que abrió esa carrera, en la década de 1960, en el Departamento de Agronomía. Formó parte del grupo de los primeros egresados en 1965.

Héctor Castro nació en Buenos Aires, pero durante la primera parte de su vida residió en Bahía Blanca, hasta que se trasladó a trabajar en el Alto Valle de Río Negro. Ahí se quedó para realizar una larga y prolífera carrera en el INTA.

 

 

TRES MATERIAS

Por un convenio entre la Universidad Nacional del Sur y el INTA, en aquellos tiempos la carrera de agronomía brindaba estudios específicos orientados a la especialización en frutihorticultura en la Estación Experimental Agrícola del Alto Valle.

Aunque sus planes eran otros, esta propuesta impensada lo obligó a trasladar su residencia y a instalarse en una zona que jamás volvería a abandonar.

Junto al Ingeniero Agrónomo Alcides Llorente, fueron estudiantes que se interesaron por enriquecer sus conocimientos y apostaron a la capacitación en cuestiones vinculadas con la fruticultura y con la horticultura. Para eso debieron moverse hacia el interior del continente, desde Bahía Blanca.

La preparación consistía en una estancia de seis meses para cubrir un ciclo completo de producción de distintos cultivos en la EEA rionegrina.

Ambos estudiantes debieron cursar tres materias: fruticultura, horticultura y viticultura. Todas estas actividades de perfeccionamiento las desarrollaron en 1964 y 1965. Luego Castro retornó a Bahía Blanca para rendir sus últimas materias. Se graduó de ingeniero en setiembre de 1965.

CONCURSO

En esos tiempos el INTA abrió varios concursos para la incorporación de profesionales a su planta permanente. Castro presentó sus antecedentes y ganó uno de los concursos, lo que le permitió sumarse a los investigadores del instituto agrotécnico nacional el 1° de enero de 1966.

Fue incorporado a la Sección Fruticultura en el área de investigación, en tiempos en que se encontraba a cargo de esas actividades en la Estación Experimental el Ingeniero Agrónomo Julio Raúl Tiscornia, profesor de la especialización que había cursado el año anterior.

Junto a Tiscornia, Castro comenzó a desarrollar distintos trabajos en materia de investigación.

Sin embargo al poco tiempo, en abril de 1966, tuvo la oportunidad de acceder a un curso de formación de posgrado en fisiología vegetal que se desarrollaba, mediante un convenio, en la Escuela de Posgrado que habían creado el INTA y las Universidades Nacionales de Buenos Aires y de La Plata.

Las actividades se realizaron en la ciudad de La Plata, durante los primeros dos trimestres, y el resto de las tareas en las instalaciones del Instituto de Ingeniería Rural del INTA Castelar, en Hurlingham, provincia de Buenos Aires.

VIEJO POR NUEVO

En 1968 Castro retornó a la región del Alto Valle y comenzó a trabajar en cuestiones específicas de fruticultura, para lo cual ya contaba con una formación mucho más completa luego de cursar el posgrado, sobre todo en las principales líneas de investigación sobre las distintas frutas de la región.

En ese momento el INTA estaba haciendo ensayos con materiales genéticos, como portainjertos y variedades de manzanos, de perales y de algunas especies de frutales de carozo, como duraznos y ciruelos.

Fundamentalmente, los estudios se centraron en actividades relacionadas con la introducción y la selección de portainjertos para manzanos, con el propósito de introducir un cambio importante en la estructura productiva de la zona. Era un objetivo ambicioso que traería enormes resultados en el futuro.

En la planificación se indicaba que era necesario cambiar el sistema de las plantaciones tradicionales, que tenían entre 6 y 8 metros o entre 8 y 10 metros, y que presentaban grandes distanciamientos, para pasar a cultivos más avanzados y con mayor densidad, llamados en aquellos tiempos “montes compactos”.

MONTES COMPACTOS

La meta fundamental era la incorporación de modernos materiales genéticos para atender mejor las demandas de mercados internacionales, en especial de los compradores de Brasil, de Europa y de los Estados Unidos.

Las plantaciones de montes compactos requerían del uso de portainjertos que controlaran el nivel y el tamaño final de los árboles para permitir mayores densidades en los campos.

El cambio más buscado era pasar de las 150 o 200 plantas por hectárea, que era lo habitual, a plantaciones de 600, 800 o 1.000 árboles por hectárea. Se trataba de un cambio significativo.

También se pretendía disminuir los costos y acelerar la entrada en producción de las plantas. En aquella época pasaban entre seis y ocho años desde la plantación hasta la primera cosecha de frutos. El objetivo era conseguir que al tercer o cuarto año las plantas empezaran a rendir en buenas cantidades.

 

 

Además, como se trataba de plantaciones con menor desarrollo en altura, se facilitaban todas las labores culturales que empleaban mano de obra. Esto brindaba un fuerte ahorro en los costos de producción vinculados con una mayor eficiencia de los trabajadores de campo en tareas como la poda, el raleo de frutos o la cosecha.

Los nuevos sistemas permitían también mejorar los tratamientos con agroquímicos, teniendo en cuenta que, como presentaban menores alturas, las pulverizaciones se podían hacer con más eficacia.

Los avances en las labores de investigación generaron producciones de mejor calidad, con volúmenes más importantes y en menos tiempo, ya que las plantaciones comenzaron a producir más rápido. Así, la estructura productiva se modificó positivamente.

RESULTADOS COLECTIVOS

Los progresos no se debían al trabajo de una persona, advierte el ingeniero Castro, sino a los equipos.

El cambio de la estructura productiva de los montes tradicionales de baja densidad a los montes compactos de alta densidad fue un logro que se difundió en todas las nuevas plantaciones de la región, en un viraje notable.

Este cambio requirió, además de las innovaciones en materiales genéticos, la incorporación de los portainjertos, el desarrollo de nuevas variedades, la conducción, las labores culturales, la poda, la nutrición, el riego, el uso de reguladores de crecimiento, el raleo químico y el control de malezas, entre otros perfeccionamientos.

El control sanitario era una actividad de alta relevancia para los mercados compradores de frutas argentinas.

También se avanzó en el cumplimento de requerimientos de uso de agroquímicos y en el destino de los residuos como lo demandaban los mercados internacionales.

Actualmente se sigue trabajando en estas cuestiones, ya que conforman un aspecto dinámico que cambia año a año. Existe un seguimiento permanente y una actividad de investigación constante en la que interactúan el INTA y el medio productivo.

HUELLAS

Las mayores contribuciones del ingeniero Castro se orientaron a la selección de portainjertos y de variedades, a los sistemas de poda y de conducción y al uso de reguladores de crecimiento en distintos aspectos vinculados a la producción, como el raleo químico de frutos para dar solución a problemas económicos y de calidad de la fruta.

Debido a su formación en fisiología, trabajó en el control de malezas en los montes frutales y también en otros cultivos, como en los hortícolas y en las vides. Fueron los primeros trabajos en la región que se ocuparon de ese tema para buscar soluciones prácticas.

También se encargó de estudiar el comportamiento de la fruta en la etapa de post cosecha. Terminada la recolección, avanzaba en el control de otras actividades como la selección, el empaque y la conservación frigorífica.

La mayor parte de los trabajos de investigación no terminaban en la etapa productiva, sino que encaraban un seguimiento en los siguientes tramos para determinar si lo que se realizaba en el momento de la producción afectaba a otros procesos y si éstos podían ser mejorados.

 

 

Toda esta dinámica provocó en Castro un fuerte sentimiento de trabajo en equipo. Los técnicos y trabajadores de la producción avanzaban al lado de los especialistas en la post cosecha para trabajar de manera mancomunada, discutir los problemas y encontrar alguna recomendación. De esta forma y de la mano de Castro, se forjó el espíritu analítico y extensionista que caracteriza al INTA en el Alto Valle de Río Negro.

LO ÚLTIMO

La coordinación entre los equipos de investigación y los de desarrollo de extensión en la región era buena. El INTA, almanejar las Agencias de Extensión distribuidas en lugares estratégicos que cubrían toda la zona, permitía que los resultados de los ensayos se difundiesen con rapidez a través de los extensionistas.

La organización del trabajo determinaba, por un lado, la realización de publicaciones, y por otro, la invitación a reuniones demostrativas en parcelas en las que los extensionistas podían mostrar las novedades tecnológicas y los avances agronómicos.

De esta forma las nuevas tecnologías alcanzaron una propagación importante. Fueron adoptadas con celeridad en las nuevas plantaciones, que aceptaron los sistemas modernos y dejaron atrás costumbres ancestrales que no daban buenos rindes.

Las chacras más antiguas fueron virando hacia la modernidad en un proceso que no fue tan veloz, pero que permitió mejorar la calidad final de las producciones en todos los campos, en un período razonablemente corto.

Mientras tanto, el país atravesaba sus acostumbrados altibajos, con períodos de bonanza y otros más enredados, con consecuencias económicas que impactaban en las investigaciones y forzaban retrocesos. Eran complicaciones derivadas de la falta de recursos económicos que, muchas veces, ralentizaban los avances agrotécnicos.

Pero ni la escasez de recursos ni el retraso de los avances afectaron el convencimiento de los productores sobre la conveniencia de adoptar las tecnologías agrícolas que iban apareciendo. Así, y como resultado de los adelantos y de la articulación entre el sector privado y el INTA, la región del Alto Valle de Río Negro se consolidó como la principal productora de peras y de manzanas del país, aportando casi un 80% de las exportaciones de frutas.

DESCONECTADOS

En cuanto al apoyo con facilidades y recursos tecnológicos para el trabajo, cosas de las que ahora dispone todo el mundo, en ese entonces eran inexistentes.

Un investigador no tenía opciones de comunicación para tomar contacto con otros técnicos que trabajaran en distintos lugares del país, de manera que la desconexión era casi absoluta. Los encuentros eran esporádicos y derivaban de reuniones técnicas, que no se hacían con frecuencia.

El INTA consiguió mejorar esa situación cuando promovió encuentros entre profesionales de distintas Estaciones Experimentables Agropecuarias que trabajaban en temas afines. De esa forma, los investigadores del Alto Valle, de Mendoza y de San Juan pudieron tener contactos más estrechos mediante la programación de viajes destinados a intercambiar experiencias y mostrar resultados.

En aquel momento las rutas de interconexión no eran de pavimento, de modo que viajar a Mendoza a intercambiar conocimientos era toda una odisea. El traslado implicaba un viaje que insumía un día entero e incluía problemas para conseguir combustible, dificultades que ahora resultan inimaginables.

CODO A CODO

Esa dinámica de trabajo, esforzada y sacrificada, impulsaba dentro de los equipos técnicos y de apoyo de las Estaciones Experimentales una mística, un espíritu de pertenencia a la institución, lo cual era exhibido en forma permanente y con orgullo. Ser un técnico del INTA significaba ser un trabajador esforzado y comprometido. Eso se ponía siempre en evidencia en el trabajo mancomunado de investigadores y de extensionistas cuando querían transferir distintos aspectos de las nuevas tecnologías.

El ingeniero Castro se ocupó de mencionar y de destacar a los profesionales que participaron de estas etapas iniciales de la actividad del INTA en la región, y que lamentablemente ya murieron. Ellos dejaron una trayectoria y una impronta que los técnicos actuales no pueden dejar de ponderar. En la primera parte de su experiencia, Castro trabajó codo a codo con el ingeniero Tiscornia, responsable del Área de Fruticultura que contribuyó con sus conocimientos y dedicación al progreso de la fruticultura de la región. También hubo otros modelos, como el Ingeniero Agrónomo Atilio Cassino, que dentro de la vitivinicultura regional fue una figura ejemplar.

LAZOS

Ese espíritu de pertenencia hizo que Castro impulsara la Asociación Cooperadora de la Estación Experimental. Fue uno de los socios fundadores en 1973 y formó parte de su consejo directivo en varios períodos. Desde su jubilación en el INTA, en 2000, integra su conducción con otros colegas y productores.

Además, el ingeniero sigue colaborando con las actividades de la EEA del Alto Valle desde ese ámbito, al cual considera una alternativa interesante dentro de la estructura del INTA para poder mejorar las posibilidades de trabajo de la Estación Experimental.

Siempre que el INTA necesitó personal de apoyo, la Cooperadora ha funcionado como el principal sostén para su pleno funcionamiento.

El ingeniero Castro afirma que el INTA es una institución que apunta a obtener soluciones concretas para problemas reales de los productores en distintas zonas. En general, sus actividades se desarrollaron siempre con los pies sobre la tierra. Mayormente en los períodos en que la economía presentaba dificultades y los ingresos de la institución se veían limitados.

PUERTAS ABIERTAS

Si bien cuenta con centros de investigación de alto nivel, localizados fundamentalmente en ciudades con gran desarrollo productivo como Pergamino o Balcarce, todas las unidades han trabajado sobre problemas concretos. Siempre tuvieron soluciones o alternativas para las complicaciones que afectaban a los chacareros, orientadas a aumentar la producción.

Además, es una institución que siempre ha recibido bien al productor agropecuario. Todos tienen las puertas abiertas en las EEA o en las Agencias de Extensión para ir y venir, para conversar con quien deseen y para consultar sin limitaciones.

A través de sus equipos de extensión y de desarrollo, el INTA se involucró en grandes esfuerzos para dar respuestas a diversos problemas del sector productivo y también de las familias de los agricultores.

De esta forma, en la época en que el INTA tenía los Clubes 4-A y los Clubes Hogar Rural dentro de su estructura, también se atendieron problemas sociales.

Éstos brindaban soluciones a muchos problemas que limitaban la calidad de vida de los chacareros, como la provisión de agua potable y la electrificación rural.

El desarrollo integral facilitaba además la formación de grupos de trabajo, con la participación de técnicos y de productores.

FRUTAS COORDINADAS

Entre 1980 y 1999, el INTA le asignó al ingeniero Castro la responsabilidad de manejar actividades de investigación con especies frutales en un nivel mucho más ambicioso.

Fue designado Coordinador del Programa Nacional de Frutales de Pepitas (manzanos y perales). Su tarea incluía la organización de las labores de investigación desarrolladas en distintas unidades del INTA que trabajaban con manzanas y peras en las zonas del Alto Valle y de Mendoza.

En 1999 le encargaron la coordinación de las investigaciones con frutales que se efectuaban en gran parte del país y que incluían cultivos como perales, manzanos, vides, cítricos y frutales de carozo (duraznos, ciruelos, cerezos). Por este motivo debió viajar por todas las regiones productoras de frutas e interactuar con investigadores, extensionistas y productores de cada una de las zonas involucradas.

Estos movimientos le aportaron, como él mismo reconoce, una gran experiencia, que lo ayudó a mejorar la coordinación entre las actividades de investigación que se realizaban en distintos lugares y conseguir así mejores resultados. También le permitieron impulsar, desde el Programa Nacional, los recintos cerrados para pruebas de materiales genéticos protegidos por patentes. Estos centros se formaron en las EEAs del INTA de Alto Valle, Mendoza, San Pedro, Concordia, Famaillá y Balcarce.

Más tarde, entre 1989 y 1999, Castro fue Coordinador del Programa INTA-BID en el subcomponente de post cosecha de frutas y hortalizas. En ese período se modernizaron todas las instalaciones de laboratorios y de plantas pilotos de aquellas unidades. En muchas de ellas se instalaron cámaras frigoríficas modulares para hacer estudios de investigación post cosecha de las frutas respectivas. Esas inversiones permitieron constituir fuertes equipos de trabajo, ya que el programa incluía fondos para actividades de formación, de modo que varios profesionales pudieron capacitarse en distintos lugares del mundo, con el propósito de obtener niveles de posgrado en diversas especialidades.

Y SIGUE

Héctor Castro se casó en 1966 con una joven de General Roca, Olga García, con quien tuvo tres hijos. Su familia se integró muy bien a la sociedad del Alto Valle, generando también un vínculo de pertenencia.

Desde su jubilación, en 2000, trabaja de forma incansable en la Asociación de Profesionales Técnico Científicos de Investigación o Desarrollo (APeTeCID) para defender los derechos previsionales de los jubilados de organismos como el INTA, el CONICET, Energía Atómica, Instituto Nacional del Agua y otros que, con su trabajo, han contribuido al desarrollo agrícola del Alto Valle del Río Negro.

Leave a Reply