Juan José Degratti | Río Grande, Tierra del Fuego

Mecánico
Primer empleado de la Agencia de Extensión Rural del INTA Río Grande, Tierra del Fuego

CALENTANDO MOTORES

Dotado de una oratoria imparable, con envidiable memoria para recordar nombres, fechas, lugares y episodios, Juan José Degratti aterrizó en la fantástica isla de Tierra del Fuego y llegó al INTA simplemente por casualidad.

Nació en 1936 en Rosario, provincia de Santa Fe. Es un personaje inquieto, aventurero y amante de la mecánica. Cuando su padre le preguntó qué pensaba hacer, si trabajar o estudiar, decidió ir a un taller mecánico para aprender el oficio. Tenía tan sólo 12 años. Más tarde hizo el servicio militar en Corrientes, en 1956 y 1957, donde forjó las relaciones que iban a marcar su futuro. Al mando de la unidad correntina estaba el general Juan Bautista Pica, quien lo amenazaba permanentemente con mandarlo a Tierra del Fuego, un lugar perdido y desconocido en la Patagonia, debido a su comportamiento. Así nació la idea de alejarse de Rosario y partir hacia el vacío sur del país.

 

 

 

El segundo en la cadena de mando era el coronel Juan Enrique Gluglielmelli, con quien desarrolló una buena relación. Después de obtener la baja, en un viaje de paseo por Buenos Aires, decidió ir a visitar al Coronel Gluglielmelli. En ese tiempo el militar era secretario de Enlace y Coordinación del entonces Presidente de la Nación, el doctor Arturo Frondizi. Para su sorpresa, Gluglielmelli lo invitó a la residencia de Olivos en donde conoció al Presidente, que estaba con su esposa y su hija Elenita.

Degratti aprovechó para pedirle trabajo como mecánico en la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en Río Grande. Recuerda que Frondizi le contestó: ojalá hubiesen muchos argentinos como usted, y lo invitó a ir a la Casa Rosada.

Cuando se presentó para hablar con el Presidente, porque iba a darle un empleo en la isla de Tierra del Fuego, no le creían. Finalmente el trámite se simplificó cuando intervino el coronel Gluglielmelli. En ese mismo intento le pidieron la libreta de enrolamiento y lo conectaron con quien era el Gobernador del entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el Capitán de fragata Ernesto M. Campos.

CAMBIO DE ROLES

La gestión tuvo éxito y le dieron un pasaje en un transporte aeronaval. Cuando arribó a Río Grande, el 18 de julio de 1958, la temperatura era de diez grados bajo cero y nevaba. Tuvo que esperar al Capitán Campos frente al Casino de Oficiales, en una pensión.

El Gobernador le adelantó que iban a producirse ciertos cambios y que no trabajaría en YPF porque un ex soldado suyo, que era chofer, estaba destinado para ese puesto. En cambio, lo mandaría al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), desconocido por Degratti. Se asombró mucho porque su oficio era la mecánica, no sabía nada de agricultura.

El rosarino se convirtió así en el primer y único empleado de la naciente Agencia de Extensión Rural de Río Grande, que dependía entonces de Cañadón León, Santa Cruz.

Trabajó durante trece meses para el INTA. Tuvo que llenar varios papeles, que se enviaron al Ingeniero Agrónomo Julio C. Cittadini, quien en esos tiempos representaba al INTA en Gobernador Gregores, provincia de Santa Cruz.

NUEVO EN LA TIERRA

Para que pudiera adaptarse a las ventiscas y al áspero clima, lo enviaron a vivir a la Estancia María Behety, cuyo casco estaba ubicado a 15 kilómetros de distancia de Río Grande. Se le había comunicado al administrador del establecimiento rural, Thomas O’Byrne, que hasta que llegase el encargado de la Agencia de Extensión, Degratti iba a alojarse en la estancia. Tenía 62.000 hectáreas y se ubicaba al sur del Estrecho de Magallanes.

Degratti permaneció en ese lugar por dos meses. Cuando tenía que cobrar su sueldo, pedía un caballo prestado, hacía el trayecto por desolados caminos y lo dejaba atado frente a la Comisaría de Río Grande, cerca del lugar que ocupa actualmente la Agencia de Extensión del INTA. Su salario llegaba a la sucursal del Banco Nación desde Gobernador Gregores, vía Trelew.

INGENIERO JAIME SERRA

En noviembre de 1958 Degratti recibió una nota del Ingeniero Agrónomo Jaime Serra, quien le pedía que lo fuese a esperar al aeropuerto ya que iba a hacerse cargo de la Agencia de Extensión Rural. Serra fue su primer jefe, en una gestión que aún hoy es muy recordada por todos. Este profesional, fallecido en 2005, está considerado como uno de los grandes pioneros de la Patagonia, en Tierra del Fuego, por su labor desde el INTA.

Realizó importantes trabajos en pasturas y en transferencia de tecnología que todavía son evocados y valorados. Fue el encargado de poner en marcha la Agencia de Extensión del INTA en Río Grande, que hoy lleva su nombre.

Serra se desempeñó como Director desde 1958 hasta 1976, período en el que consiguió importantes resultados para los productores de la región.

Después fue jefe de la Estación Experimental de Trelew, hasta su jubilación. Alcanzó mucho prestigio y fue reconocido en Tierra del Fuego. Los productores lo recuerdan con respecto y reconocen la enorme tarea que hizo con escasos medios.

Serra había nacido en Avellaneda, en 1926, y cursado sus estudios de agronomía en la Universidad de Buenos Aires. Después desarrolló actividades de capacitación en los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y en la entonces Unión Soviética.

Para poner en marcha la agencia tuvo que superar la distancia, el aislamiento y condiciones ambientales muy difíciles, en tiempos en que existía muy poca información técnica validada que permitiera tomar decisiones productivas.

Sin desanimarse, el ingeniero Serra encaró con esfuerzo y dedicación el desafío de brindar asistencia técnica a los productores y contribuir a mejorar las condiciones de los entonces escasos pobladores de la isla.

En lo referido a la implantación de pasturas partió casi desde cero. Con gran empeño y esfuerzo personal avanzó en la elección de los sitios apropiados, la realización de colecciones de especies y variedades forrajeras, la implantación a escala comercial, la realización de ensayos de pastoreo con vacunos y ovinos, y la transferencia de los resultados, acompañada de acciones de fomento.

Contribuyó también a mejorar la calidad de vida de la comunidad. Fue socio fundador y primer presidente de la Cooperativa Eléctrica de Río Grande e integró el grupo de vecinos que formó el primer colegio secundario oficial, en el que fue profesor ad honorem hasta que pudo conformarse un plantel de docentes rentados.

Serra fue designado en 1976 director de la EEA Trelew (actualmente Chubut), cargo que desempeñó hasta 1985. Replanteó el perfil de la unidad, instaló la Asociación Cooperadora, creó la Agencia de Extensión Rural de Comodoro Rivadavia e incorporó el Campo Experimental de Río Mayo.

Por problemas de salud, se retiró en 1986.

EL LADO B

Para recibirlo, Degratti pidió prestado el jeep Land Rover de la Estancia y buscó al ingeniero Serra en la precaria estación aeronaval, cuya pista de aterrizaje, hace cincuenta años, era de tierra. Ahí llegaban entonces apenas dos vuelos: los de Aerolíneas Argentinas, con los Douglas DC 3, y los de Austral, con sus Curtiss C-46.

Mientras lo ponía al tanto, lo condujo a la Estancia María Behety, a la casa que les habían prestado hasta tanto el nuevo encargado del INTA pudiese disponer de otro alojamiento para comenzar con las tareas de extensión.

El ingeniero Serra le comentó al día siguiente que quería ver las máquinas del INTA. Degratti debió responderle que no había ninguna máquina, tampoco equipos, ni siquiera una bicicleta. Esta noticia impactó a su jefe.

Serra había llegado desde Buenos Aires con otra información y estaba muy molesto. Degratti le contó que desde hacía dos meses se estaba aclimatando en la Patagonia y que lo único que hacía era comer y dormir, además de cobrar a veces su sueldo.

Ambos fueron a Río Grande para realizar los reclamos a la sede de Buenos Aires, pues carecían de todos los medios para trabajar. Degratti recuerda que el ingeniero Serra era un joven nervioso, chinchudo e impulsivo, pero debió armarse de mucha paciencia para llamar al INTA central y mover los resortes necesarios. En esos tiempos las comunicaciones no eran como ahora y tenían que llamar desde la Telefónica o desde el Correo. Era difícil establecer conexiones audibles sin que se interrumpieran.

HOTEL CORRAL

Enojado, Serra cuestionó a su interlocutor. Le habían prometido máquinas y no había nada. Reclamó insistentemente que necesitaba una solución.

Después fueron a la Misión Salesiana “Nuestra Señora de la Candelaria”, que funcionaba desde 1893, para hablar con el padre Aurelio Muñoz del Val y preguntar qué posibilidades había de que el INTA pudiese disponer de algún campo cedido por los salesianos para empezar a hacer las experimentaciones con pasturas, especialmente con una semilla rusa llamada Ladak.

El sacerdote aceptó de buen grado, aunque no tenía un lugar adecuado para darles alojamiento y así los dos empleados pudiesen dejar la Estancia María Behety. Los pocos albergues que manejaban eran destinados, por ese sacerdote y por los padres Ruiz y Luis Barraquín, a sus alumnos.

Al final les proporcionaron una cabaña llamada Domingo Aguerre, a 200 metros del comedor, donde ahora están los laboratorios.

En ese lugar se ubicaban, en la parte de abajo, los chanchos y en la parte de arriba los reproductores ovinos de la raza Corriedale. No había calefacción a gas. Para mantener la temperatura los dos empleados del INTA sólo tenían estufas a leña.

A la noche Serra se ponía muy nervioso debido a los ruidos infernales que producían los cerdos en sus intentos por reproducirse. Con el tiempo consiguió que los sacerdotes les dieran instalaciones más cómodas para poder descansar y tener espacio para planificar el trabajo. La única diversión era la radio que funcionaba en la Misión Salesiana. El padre Muñoz del Val, como radioaficionado, se identificaba como LU-3-XL. El cura se autodenominaba “tres xilofón ratoncito” y quienes le respondían se divertían con esa expresión. No sabían que el sacerdote medía dos metros de altura y pesaba doscientos kilos. En la emisora, el ingeniero Serra ocupaba periódicamente algunos espacios para hablar sobre pasturas y así llegar hasta los productores.

TODO LLEGA

El ingeniero Serra no aguantaba más. Se aproximaban las fiestas de 1958 y se le caía el pelo por los nervios. Le anticipó a Degratti que se iba a Buenos Aires porque no toleraba esa situación de inactividad y debía presionar a las autoridades del INTA para que mandaran las máquinas que necesitaban. Le preocupaba que no estuviesen haciendo nada.

Se fue a mediados de diciembre para pasar las fiestas en familia y el 15 de enero avisó por telegrama que había conseguido las máquinas, que en dos semanas iban a estar en Río Grande. Además le pedía a Degratti que no tomara ninguna decisión y que lo esperara. Antes de su partida, Degratti le había avisado que pensaba presentar su renuncia para pasar a la empresa norteamericana Tennessee, la cual estaba realizando perforaciones en la Patagonia para buscar petróleo. El gerente de la compañía, George Blackwell, quería llevarlo para que trabajara como mecánico.

Finalmente Degratti no aceptó y al mes llegaron los ansiados equipos. Eran un tractor Fahr rojo, con motor Deutz, y sembradoras, además de varias bolsas con semillas para encarar la siembra de los primeros ensayos de pasturas.

A fines de febrero de 1959 retornó el ingeniero Serra y comprobó que el tractor Fahr era un problema complejo porque no tenía cabina. El espacio para el maquinista estaba al descubierto, en una imprevisión increíble. Sin una estructura que lo protegiera y sin algún tipo de calefacción, el conductor se podía congelar mientras trabajaba en el helado clima de la isla, con vientos constantes e insoportables. Imposible trabajar de esa forma.

Tuvieron que construir una buena cabina. El maestro Cossio de la Misión Salesiana los ayudó. Consiguieron hierros, ángulos, chapas y vidrios y armaron una protección decente para los tractoristas. Los primeros ensayos de pasturas de la historia de Río Grande se hicieron donde está ahora la Cruz Mayor de la Misión. Comenzó así un nuevo tiempo para los productores de ovinos de esa zona.

TIERRA HOSTIL

Continuaron trabajando en las pasturas. Cada tanto Serra se iba a El Porvenir y al Cerro El Sombrero, donde los cultivos eran más efectivos.
Quería ver por qué, si la isla de Tierra del Fuego era una sola, en la zona de Chile se daba un mejor crecimiento que en el sector argentino.

Con lo que aprendió hizo modificaciones y empezó a aplicar nuevas técnicas, que con el tiempo fueron dando resultados. Lo que el ingeniero Serra sembró está siendo recogido ahora para los ovinos.

La semilla rusa Ladak fue la que mejor se adaptó, pero después se continuó con otras pasturas, basadas en distintos avances genéticos, que debían sembrarse antes de la entrada del invierno.

El suelo se congelaba hasta más de un metro y medio de profundidad y todas las semillas quedaban debajo de la nieve. En septiembre, cuando empezaba el calor, las pasturas salían con fuerza.

En invierno no había comida y sólo crecía una planta dura llamada “coirón”, parecida a las que hay en las estepas de Rusia. Las ovejas escarban para comer sus ramas.

Luego seguía la señalada de la hacienda, momento en que le cortaban la cola y les ponían a los machos una gomita en los testículos para que se secaran y reducir así las reproducciones. La cantidad de animales que se manejaba dependía de las hectáreas disponibles, porque la comida era limitada.

Actualmente se usa la inseminación artificial. Antes a los carneros se les pintaba la panza con pinturas azules o rojas. Se sabía cuando los machos habían servido a las ovejas porque quedaban manchadas.

Una o dos veces al año se esquilaba, cuando llegaban los grupos correntinos conocidos como “las comparsas”, integrados por diez o doce trabajadores. Ellos traían en camiones sus propias cocinas, cocineros y mecánicos, además de las máquinas para esquilar. Iban estancia por estancia y aprovechaban que el día duraba casi 20 horas.

MISIÓN IMPOSIBLE

Como no tenían otro vehículo para moverse y no existían los sistemas actuales de transporte, cada vez que tenían que ir al pueblo ambos usaban el tractor como medio de locomoción. Hasta entonces habían utilizado caballos para trasladarse por la isla, en medio del frío y de los fuertes vientos.

Dejaban el tractor en la Comisaría porque el Jefe de la Agencia de Extensión no tenía ni siquiera una casa. Más tarde construyeron una vivienda cerca de donde están las oficinas del INTA. Al poco tiempo, Serra llevó a su esposa a Río Grande.

Mientras tanto avanzaba la implantación de nuevas pasturas. Además de la Misión Salesiana, se hicieron investigaciones en las Estancias Los Flamencos, María Behety y Las Violetas, entre otras.

Degratti no pudo detener sus andanzas y estuvo en la Agencia de Extensión casi hasta fines de 1959, cuando se alejó y fue reemplazado por Eloy Vidal, quien se convirtió en la mano derecha del ingeniero Serra hasta su jubilación.

A Vidal lo interesó Luján Muniz Volker, que trabajaba para los salesianos, porque había cursado estudios sobre cuestiones agropecuarias y se había recibido con su hermano en la Misión.

ALTA TENSIÓN

El trabajo era arduo debido al clima hostil de la zona. La ropa húmeda se colgaba en la soga y amanecía dura como una tabla, escarchada, a causa del intenso frío.

En ese tiempo no había gas, era todo a leña. Desde el INTA comenzaron a impulsar las primeras instalaciones gasíferas y el gasoducto. La electricidad provenía de una usina que pertenecía a Don Esteban Martínez Martos, quien ponía en marcha el motor a las 7 de la mañana. En las noches en que había función de cine, Don Esteban llamaba con un vetusto teléfono de manija y preguntaba cuánto faltaba para que terminara la película.

Después esperaba un tiempo prudencial para que la gente llegase a sus casas y, alrededor de las 0.30, subía y bajaba tres veces la tensión de la electricidad. Entonces interrumpía el suministro hasta el día siguiente.

También se cortaba el agua. En la esquina de las calles San Martín y Fagnano había un grifo público del que salía agua constantemente para evitar que se congelara en las cañerías.

El negocio más grande era el almacén de ramos generales La Anónima, en San Martín y 11 de Julio, que después se transformó en una cadena de supermercados.

Cuando cobraban sus sueldos en la empresa petrolera depositaban en ese negocio su plata porque los propietarios Menéndez Behety les daban un recibo de color verde y así cobraban un pequeño interés. La mayoría de los trabajadores y los peones del campo dejaban sus pagas depositadas para que estuvieran seguras.

BUENAS COMPAÑÍAS

Degratti se despidió muy sentidamente y le agradeció a Serra la confianza que le había dispensado. Se habían hecho amigos. Pasaban muchas horas juntos, dormían en el mismo lugar y compartían a diario todas las comidas.

Cuando partió, Degratti tenía apenas 23 años. Serra había egresado de la Universidad de Buenos Aires hacía poco tiempo y estaba haciendo sus primeras armas como ingeniero agrónomo en la isla de Tierra del Fuego.

Juntos habían compartido episodios vibrantes. Cuando había marea baja en la Misión Salesiana solían buscar pulpos o pescados que hubieran quedado debajo de las rocas. Allí se formaban algunos hoyos peligrosos. Una vez Serra no se dio cuenta y cayó en uno de esos pozos de dos o tres metros de profundidad. El agua estaba muy fría. Degratti advirtió que estaba enredado en las algas y, desesperado, empezó a pedir ayuda.

Nunca lo había visto así y, por la sorpresa del momento, incluso se reía, hasta que advirtió la gravedad de la situación. Pudo rescatarlo y sacarlo, mientras le alertaba que debían correr para evitar que los encerrara la marea, que en circunstancias similares había matado a muchas personas. Empapados y envueltos en algas, pudieron volver a la Misión Salesiana.

RECUERDOS

Degratti recuerda a Jaime Serra como una excelente persona y un buen amigo, un tipo macanudo. Como en Río Grande no había ninguna organización ni institución, Serra participó en el armado de distintas entidades que luego resultaron fundamentales para el desarrollo de la comunidad.

Si se formaba alguna comisión, lo llevaba siempre a Degratti. Participó en la comisión para impulsar la Cooperativa Eléctrica de Río Grande, que más tarde presidió, en el Consejo de Administración del Hospital General, en la creación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios, en el Club de Leones, en el colegio secundario, donde enseñó sin cobrar, y en varias otras.

Al ingeniero Serra le gustaba integrarse a las instituciones y participaba con entusiasmo en todas. Su forma de ser era bien recibida en cualquier lugar.

AGRICULTURA VS. PETRÓLEO

En esos tiempos la ciudad tenía apenas 2.000 habitantes, una cifra incomparable a las más de 100.000 que viven en la actualidad. La pequeña Comisaría contaba con sólo treinta efectivos. Río Grande era apenas un puñado de casas rodeadas por campos inmensos, por una enorme soledad de arbustos y tierras que los vientos patagónicos azotaban en esa áspera geografía.

Degratti había trabajado casi un año y medio para el INTA, pero la empresa Tennessee insistía en convocarlo como mecánico. Al final, tuvo que comunicarle a Serra que se iba a retirar, no por disconformidad sino porque en la Agencia de Extensión no había mucho trabajo y quería seguir su carrera. Un único tractor no demandaba demasiados esfuerzos y la petrolera había comprado varios vehículos Chevrolet que necesitaban ser atendidos convenientemente.

Más tarde, ya en Tennessee, Degratti participó en la fundación del sindicato del sector y actuó también como secretario general de ese gremio.

CON NOMBRE PROPIO

En marzo de 2008 comenzó el proceso que daría el nombre de “Ingeniero Agrónomo Jaime Serra” al edificio de la Agencia de Extensión Rural de Río Grande, dependiente de la Estación Experimental Agropecuaria Santa Cruz, del Centro Regional Patagonia Sur.

El pedido había sido formulado por los señores Néstor Nogar, ex intendente municipal entre 1969 y 1973, Abraham Vázquez, ex legislador provincial, y Degratti, como primer empleado del INTA en Río Grande.

En la presentación que hicieron a la jefa de la Agencia Río Grande, la ingeniera agrónoma Marisa Rouvier junto a la Dirección del Centro Regional Patagonia Sur, plantearon que durante la gestión del ingeniero Serra se habían efectuado las primeras pasturas en la Estancias María Behety, en Los Flamencos y en la Misión Salesiana. Recordaron que Serra fue el primer presidente de la Cooperativa Eléctrica, el fundador y primer presidente del Club de Leones y el protagonista de numerosas actividades en la vida social y comunitaria de la ciudad de Río Grande, donde dejó un imborrable recuerdo entre quienes lo trataron.

Al aprobar la designación de la Agencia bajo el nombre del ingeniero Serra, el INTA tuvo en cuenta su solidez técnica y que el perfil de su gestión se caracterizó por la integración a la comunidad, en la que participó activamente como dirigente de entidades civiles.

28.800 KILÓMETROS

El espíritu aventurero de Degratti no se había aplacado. Mientras trabajaba en Teneessee pudo comprarse una moto Alpino, motor 421, patente 012 de Ushuaia. Una tarde anunció a todos sus compañeros, en un ataque de locura, que iba a viajar en moto hasta Alaska, la otra punta del continente americano, a la ciudad de Fairbanks. Todos creían que era una broma y se reían.

El 10 noviembre de 1960 cumplió 23 años y al día siguiente entrevistó al gobernador Campos para informarle sobre su travesía hacia los Estados Unidos y pedirle una carta de recomendación. También los padres salesianos le proporcionaron una nota para que pudiese alojarse en casas de esa orden en varios países americanos.

El 19 de noviembre partió desde la Comisaría, donde se encuentra hoy el Hotel Albatros. En la moto pegó una brillante calcomanía del INTA.

A lo largo de tres años recorrió casi 28.800 kilómetros, sin llevar dinero, en una época en que en algunos tramos no había ni siquiera caminos. Fue, como él lo asegura, con la billetera vacía, seco del todo. Trabajaba, pedía ayuda y aprovechaba su facilidad de palabra, que todavía conserva, para crear amistades.

Trajo una enorme cantidad de anécdotas. En Cali, Colombia, se le rompió la moto y tuvo que trabajar como bombero voluntario. Antes de llegar a Bogotá, en la zona de El Alto, se encontró con gente que bajaba a caballo de una montaña. Eran guerrilleros armados, que lo interceptaron e interrogaron, pero lo dejaron ir porque no tenía dinero ni armas. En realidad, había tenido que vender en Cali su pistola Tala calibre 22, por 400 colombianos. Después se enteró de que esos guerrilleros atacaron un colectivo amarillo de la empresa Transportes Magdalena y ametrallaron a todos los pasajeros.

Casi llegó hasta la cuidad de Juneau, capital de Alaska. Desde la ciudad de Vancouver, en Canadá, la nieve caía sin cesar y de todos modos Degratti seguía avanzando hacia el norte con su moto.

MOCHILERO

En ese tiempo le pasó de todo. Con su moto tuvo que enfrentar dificultades meteorológicas, terremotos, volcanes, derrocamientos de gobiernos y alguna que otra enfermedad propia de tantos cambios y desarreglos en las comidas. Debió realizar peligrosos cruces en balsas y desarmar la moto para atravesar ríos caudalosos. Incluso enfrentó enamoramientos de momento, que siempre detenían por un tiempo su viaje.

Pocos kilómetros después de haber pasado la frontera entre Canadá y Alaska, a causa de una fuerte nevada, un policía lo detuvo porque era imposible continuar, de manera que retornó a Houston para embarcar su moto en el buque Marinero de la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (ELMA).

Antes trató de casarse con una norteamericana para obtener la ciudadanía y quedarse a trabajar como mecánico de Volkswagen, pero no pudo.

Finalmente Degratti volvió sólo con algo de ropa y su casco.

PARALELO 52º

El 26 de septiembre de 2008, cuando se inauguró la nueva sede en Río Grande con el nombre de “Ingeniero Serra”, el Centro Regional Patagonia Sur del INTA le entregó un diploma de agradecimiento y reconocimiento por las tareas que Degratti realizó con esfuerzo y dedicación durante 1958 y 1959 en la Agencia de Extensión.

Con sus 75 años y ocho nietos, este viajero adora Tierra del Fuego y no considera que sea el fin del mundo. Para él, fue el comienzo de su propio mundo.

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