Emiliano Quintriqueo | Bariloche, Río Negro

Intendente y encargado de mantenimiento de la
Estación Experimental Agrícola del INTA Bariloche. En actividad.

PASAPORTE INTA

El nombre de Emiliano Quintriqueo figura en varios trabajos de investigación del INTA Bariloche. Su tribu se instaló en la zona del Brazo Huemul (lago Nahuel Huapi) en 1880.

En 1968 lo hizo ingresar al INTA el ingeniero Jorge Vallerini, de la entonces Agencia Río Limay, cuando se inició el proyecto INTA-FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) (1967-1973) para el mejoramiento ovino en la Patagonia.

Como ayudante de técnicos australianos pudo conocer toda la Patagonia. Colaboró en los estudios de parasitología con el profesor I. Johnston, de Sidney, que no hablaba español. Como “El Indio” Quintriqueo no entendía el inglés (apenas sabía decir “good morning”) le dieron un diccionario para aprender el idioma en diez días. El australiano tenía su propio diccionario y de esa forma se entendían a medias.

Comían pollo todos los días porque el profesor solamente sabía esa palabra en castellano y nadie hablaba inglés en los precarios comederos patagónicos. Después aprendió algo de español y pedía parrilladas completas. Le encantaban las carnes argentinas.

 

2 KILÓMETROS

En una camioneta Dodge de doble tracción viajaron en recorridas interminables con los ingenieros Pereyra y Castro (ambos hablaban inglés, de modo que Emiliano se liberó un poco de su problema de comunicación) por campos y frigoríficos del continente y de la isla de Tierra del Fuego. El pavimento terminaba apenas a 2 kilómetros de Bariloche y todos los caminos eran enripiados.

Fueron al Campo Experimental de Río Mayo, del INTA, y siguieron viaje a Comodoro Rivadavia, al Frigorífico de la CAP, para sacar durante diez días muestras de los intestinos de los corderos y ovejas que llegaban a faenar para controlar los parásitos.

Después pasaron una semana en Trelew, donde se metían en los campos durante los días de faena para consumo de cada establecimiento para revisar a los animales, y en otro Frigorífico CAP de Río Gallegos.

 

En Tierra del Fuego tomaron contacto con el ingeniero Jaime Serra, de la Agencia de Extensión Rural de Río Grande, otro de los forjadores del INTA en el alejado fin del mundo patagónico.

Dieron una larga vuelta de un mes por la Patagonia. Al indio Emiliano no lo reconocieron cuando volvió a su casa. Había engordado más de diez kilos.

Por las pésimas rutas, el proyecto sumó un avión Pipper Azteca. Viajar así era otra cosa, pero los sustos eran enormes. En el techo de uno de los galpones de cada estancia se indicaba si tenía un lugar para aterrizar. En medio de los incesantes vientos de la Patagonia, el piloto Barreto miraba en una carta de cuántos metros era la pista y se lanzaba a depositar su máquina. Lo que no decía ese papel era si el trazado estaba en un estado calamitoso, como sucedía a veces, ni si había animales sueltos. Debían alertar primero a los peones para que los espantaran.

En la Estancia El Cóndor, en Río Gallegos, existía un molino en la cabecera de la pista y tenían que dar una especie de salto con el avión para poder aterrizar.

Con el INTA, Emiliano pudo conocer prácticamente toda la Patagonia, sus campos interminables y sus impresionantes montañas. Como ayudante de los técnicos colaboró con el doctor B. Jefferies, de Sidney, que investigaba acerca de genética y de lana. Cuando terminó el proyecto INTA-FAO, en 1973, pasó veintidos años trabajando en el área de sanidad.

Durante ese tiempo viajó por la Patagonia con el parasitólogo Morris y el veterinario Joaquín Mueller. Les faltaba relevar el centro de la Patagonia y la costa. Durante tres años recorrieron otros campos y frigoríficos.

Quintriqueo pasó a trabajar con el ingeniero Mariano Cocimano, nutricionista, en ensayos de laboratorio sobre nutrición del ganado ovino en el campo de Río Mayo.

LANA LIMPIA

“El Indio” estuvo con el doctor Luis Iwan cuando se inició el enorme cambio de la esquila preparto que produjo modificaciones sustanciales en el manejo de las majadas.

Costó hacerles entender la mejora a los productores, porque había que cambiar costumbres ancestrales. Antes la esquila normal se hacía en diciembre, post parto de las ovejas, pero Iwan aconsejaba realizarla en septiembre, antes del parto, a la salida del invierno.

En las estancias pensaban que si les sacaban la lana a las ovejas apenas terminaba el crudo invierno del sur se iban a morir de frío en octubre, en caso de repentinas tormentas de nieve. Tuvieron que explicarles con paciencia los beneficios. La lana salía limpia y con mayor rinde, sin tierra, arena y vegetales que podía acumular por los vientos en noviembre y en diciembre.

Las ovejas no llegaban paridas con sus corderos, a las estancias que tenían entonces 30.000 animales para esquilar, ni se producía la separación de los borregos de sus madres (aguachamiento), que muchas veces terminaba en la muerte de las crías por hambre en enormes potreros de cinco a diez hectáreas.

Emiliano es un experto clasificador de lanas. Da gusto escucharlo hablar sobre vellones, ondulaciones, lubricación de la lana, suavidad, micrones y cómo cambió todo con la genética y la inseminación artificial. Cuando uno clasifica hay que tener en cuenta hasta la ascendencia de los reproductores, comenta.

Recuerda que esquilaban unas 4.000 ovejas por día. Con el sistema de preparto se aumentaba el trabajo porque los animales no se morían y crecía la señalada (marcaban los animales cortándoles las orejas). Muchas veces les esquilaban las panzas a las madres para que sus corderos encontraran el pezón y tomaran la leche sin problemas, en vez de chupar la lana dura. Otras veces les cortaban la lana que les cubría los ojos, porque cuando se congelaba las podía dejar ciegas.

En los laboratorios, cuando salían los resultados de los rendimientos, se veía la diferencia en el peso. Con la esquila normal el rinde no pasaba del 55% y con la preparto superaba el 66%. Los productores fueron entrando en razón, debido a los buenos resultados, porque se podía controlar mejor la supervivencia de los borregos y se sacaron más corderos.

Emiliano es actualmente el Encargado de Mantenimiento e Intendente del predio de la Estación Experimental, un cargo que obtuvo por concurso.

Había estado dos años afuera del INTA, desde 1991. Cuando el director Jorge Amaya lo hizo volver, lo único que pidió fue que no lo encerrara en un laboratorio, donde había pasado tantos años, “…porque los indios necesitamos aire puro, ver el cielo, mirar los pájaros y las montañas, sentirnos libres”.

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