Auxiliar en los Laboratorios de la
Estación Experimental Agrícola del INTA Bariloche. En actividad.

AL LADO DEL NAHUEL HUAPI

La señora Elma Vidal se incorporó al INTA Bariloche, como personal de apoyo, en mayo de 1970, para trabajar en el Laboratorio de Suelos con el ingeniero Raúl E. Ortiz. Esa oficina todavía ni siquiera había entrado en funcionamiento en el predio de siete hectáreas al lado del lago Nahuel Huapi, rodeado de paisajes espectaculares, en uno de los lugares más lindos de la Argentina, a poca distancia de San Carlos de Bariloche.

La EEA fue creada en 1967 para incrementar la producción ovina en la Patagonia. Como era menor de edad –tenía apenas 17 años– estuvo contratada durante un par de meses, hasta su ingreso definitivo al plantel. Todo esto cuenta Elma acompañada por Pampita, una perrita cascarrabias que asiste en la EEA a todos los actos, incluso a reuniones en la Dirección. Lo primero que hace es oler a los nuevos visitantes y ladra sin piedad a las personas que le caen mal.

En ese entonces se estaban armando otras oficinas. El Ingeniero Químico Leonardo Duga iniciaba sus primeros pasos en el Laboratorio de Lanas.

 

Elma no estuvo mucho tiempo en Suelos. Pasó luego al área de Nutrición y Fisiología Animal con el Ingeniero Zootecnista Mariano Cosimano y los médicos veterinarios Ernesto Domingo y Héctor Salamanco. Allí estuvo bastante tiempo.

JÓVENES, DIVERTIDOS Y TRABAJADORES

Se formó un grupo grande, que tenía mucho trabajo. Como todos eran jóvenes era un equipo muy divertido, evoca con una sonrisa pícara esta mujer amable y simpática.

Después colaboró con el ingeniero Duga que se encargó de adiestrarla en la zafra lanera, pues no tenía demasiada gente para encarar sus ensayos. Hizo un aprendizaje acelerado. El trabajo era intenso durante la época de esquila y se necesitaba de todo el personal disponible.

El ingeniero Duga se encargó de entrenarla a fondo y de enseñarle. Es una persona de muy buen carácter, constante, estable, dice.

Todo era nuevo y los edificios se empezaban a acomodar. El INTA tenía una oficina en el centro, desde donde el personal era transportado en rurales estancieras IKA. Amontonados, comentaban que iban a la prisión de Alcatraz: allí no había nada, salvo el INTA.

El chofer Víctor Rocchi tenía un jeep Willis en el que todos querían viajar. Se subían ocho o diez personas, apiñados en los asientos. “¿Por arriba o por abajo?”, les preguntaba. Y todos respondían por abajo, que era el viaje largo, por el espléndido camino costero del lago Nahuel Huapi, una huella larga que permite dominar el espejo de agua y las increíbles montañas rionegrinas. Por arriba era una ruta intransitable, horrible, hoy pavimentada.

Para entonces el ingeniero Duga decidió casarse con su novia, que, cómo él, era de Bahía Blanca. Le hicieron una despedida de soltero que fue inolvidable, en una fiesta muy linda y entretenida. Duga bailaba muy bien el tango. Con su compañera de baile, que era de Trelew, hacían una buena pareja.

GRANDES CAMBIOS

En aquellos tiempos era director de la Estación Experimental el ingeniero José Lesjak, un hombre bravo, nadie lo recuerda de otra manera, cuenta Elma. Los técnicos y los auxiliares le tenían el mismo respeto y temor. Era un hombre muy enérgico. “Si no tiene nada que hacer, venga a mi oficina que en seguida le encuentro una ocupación”, decía.

Las diferencias eran enormes cuando todo empezó, porque no había nada. Se fue armando toda la estructura y empezaron a ponerse en marcha los equipos y las primeras técnicas. Tuvieron que aprender cómo funcionaban.

El personal trabajaba mucho en el campo.

La tecnología cambió en forma notable y evolucionó con el tiempo. La transformación fue grande, hasta fueron incorporados equipos con láser en los laboratorios.

Además, los técnicos no tenían la preparación con que cuentan hoy. No se doctoraban ni cursaban maestrías y tampoco se iban a capacitar al exterior.

Pero ya pasaron más de cuarenta años desde que entró al INTA. Los cumplió en 2010. Elma cree que todos los tiempos fueron valiosos y buenos. Ella cosechó amigos entre sus compañeros y valora a las personas que la dirigieron con paciencia y con ganas de enseñarle.

Todas las épocas fueron distintas, de cada una de ellas rescata lo positivo. De cada tiempo extrae lo mejor porque “me gusta este lugar y hacer lo que sea, cosas diferentes, en un laboratorio o en otro”.

El ambiente laboral que vivió fue siempre agradable, con gente respetuosa, buenos compañeros. Con ellos compartió muchas horas de trabajo y también otros momentos divertidos, reuniones, fiestas.

Ahora empiezan a jubilarse y se van a ir casi todos juntos, porque son de una misma generación. Ella espera que funden un club de jubilados.

GRACIAS

La señora Vidal pudo hacer su casa, criar a su hijo. Es una agradecida. Cuando llegue el momento de irse, dirá que tiene un fuerte reconocimiento hacia el INTA. A sus compañeros, en general, les ocurrió lo mismo, explica.

Su EEA tuvo épocas muy difíciles, como toda la Argentina. De bonanza y de malaria, cuando no había margen para ahorrar. Y todo eso se sufrió mucho en la Estación Experimental.

Sin embargo, no recuerda períodos desagradables en los que se hayan atrasado demasiado los sueldos.

Elma nació en Bariloche. Su familia era de Colonia Suiza, un pueblo ubicado a 20 kilómetros de Bariloche, sobre la costa del lago Moreno, donde pasó su infancia y fue a la escuela, pero tuvo que dejar el colegio para trabajar. Su abuelo había llegado en 1906. Toda la vida vivieron ahí.

En diversos estudios de investigadores que pasaron por Bariloche están anotados puntualmente sus agradecimientos a la colaboración que tantas veces les brindó Elma Vidal a lo largo de estos cuarenta años desde los laboratorios de la Estación Experimental.

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